Empate aleatorio

 

(sobre la exposición Deuce, de Miguel Monroy)

 

En el prólogo de la película Match Point, una pelota de tenis queda congelada por encima de una red mientras se escucha la voz en off del personaje principal: “There are moments in a match when the ball hits the top of the net and for a split second it can either go forward or fall back. With a little luck, it goes forward, and you win. Or maybe it doesn’t, and you lose”.

 

Deuce, nombre con el que se denomina a un empate temporal en un partido de tenis y que solamente puede deshacerse cuando alguno de los contrincantes anota dos puntos consecutivos, se inauguró en Alterna y Corriente  el pasado 11 de febrero. La pieza principal de esta exposición consiste en una máquina entrenadora de tenis (Tenis Tutor) que apunta hacia una arista de la arquitectura de la galería. Cada pelota que el dispositivo lanza rebota en las paredes y regresa al dispensador para ser escupida de nuevo. Las pelotas vuelven a su lugar de inicio por efecto de la misma fuerza que las sacó de ahí, de tal forma que el robot tutor empata, como el título lo indica, pero consigo mismo. La pieza parece anclada en ese instante en el que puede pasar cualquier cosa, o tal vez nada, como lo plantea la película de Woody Allen.

 

La obra de Miguel Monroy  altera sistemas cotidianos para ponerlos en conflicto consigo mismos. A través del desdoblamiento y el equilibrio perpetuo produce un auto boicot que resulta en una metáfora del absurdo: En Versus (2005), un slinky que baja con la fuerza de una escalera eléctrica que sube; en Onomatopeya (2008) , una grabadora sobre una repisa de vidrio reproduce la onomatopeya de silencio (shhhhh), los decibleles terminan por quebrar la repisa, la grabadora cae al suelo, se rompe y deja de sonar o Equivalente (2005), la acción de cambiar mil pesos a dólares y después a pesos sucesivamente, hasta que la comisión cambiaria desaparece el capital.

 

Fue Epicuro quien presintió que el azar juega un papel decisivo en la cotidianidad, a tal punto que explicó el origen del universo a partir de una contingencia. Antes no había nada y, a la vez, todos los elementos estaban ahí, cayendo en picada al vacío en una infinita lluvia de átomos. En determinado punto, sin que sepamos cómo, cuándo o por qué, uno de esos átomos sufrió una desviación infinitesimal en la trayectoria de su caída y produjo una carambola de átomos que generó combinaciones inesperadas. Y de colisión en colisión, se creó el mundo. Por casualidad.

 

En ese sentido, el empate de Deuce no es temporal (como en el tenis) sino aleatorio. Cada tanto, algunas pelotas dibujan una trayectoria que no las lleva de vuelta al dispensador y no se sabe muy bien cómo, cuándo o por qué caen fuera de la red. Ese pequeño “error”, ese momento que sale de los planes, es a lo que Lucrecio, basado en la lluvia de átomos de Epicuro, llamó clinamen: la mínima pero significativa desviación que produce un encuentro de estos. El segundo en el que las ideas, al encontrarse con otras, al colisionar, al escapar del sistema, suceden. En la sala de exposición es evidente que, a pesar de las adaptaciones, la pieza no logra estabilizar el absurdo del sistema. A diferencia de Versus, A contrareloj y Equivalente donde todo está calculado, en Deuce el azar se presenta, cambia el sentido de las cosas y tiene la última palabra. La pieza nos revela no sólo que el empate no es posible sino que la utopía de control, incluso de nuestra propia vida, siempre se ve fisurada por la contingencia.

 

Verónica Gerber

2010

*texto publicado en  Letras Libre

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